martes, 4 de marzo de 2014

El fantasioso e inexistente "Gran Imperio Azteca"



-Mito y creación de la ideología criolla.
-La falsa historia para colonizar en la ignorancia de nosotros mismos.
-El punto es que la fantasía impide descubrir la Toltecáyotl.

A partir de 1521 el conquistador-colonizador despojó al pueblo invadido de cinco elementos culturales para mantenerlo dominado, inconsciente y sumiso: La lengua. La memoria histórica. Los conocimientos. Los espacios. La espiritualidad.

El pueblo invadido-conquistado, al perder estos cinco elementos culturales, olvidó su esencia y su raíz, quedando: mudo y silente, amnésico y ajeno a sí mismo, estúpido e impotente, paria sin raíz y desheredado, idólatra y fanático.

Cada una de estas pérdidas culturales representa una profunda veta que explica la aceptación resignada del holocausto en que vivimos. Nuestra incapacidad para acabar con la colonización. La falta de conciencia y capacidad para extirpar el abuso, la injustica, la explotación de nuestro pueblo y la criminal depredación de nuestros recursos naturales. La praxis de “la ideología criolla” de los extranjeros, los criollos, pero sobre todo, “la de nosotros, contra nosotros mismos”.

Pero en esta ocasión hablaremos solo de la pérdida de “la memoria histórica”. Los anahuacas somos una civilización muy antigua. Desde la invención de la agricultura hasta la partida de Quetzalcóatl (periodos Preclásico y Clásico), transcurrieron aproximadamente más de 68 siglos. La memoria histórica era por excelencia una de las bases estructurales de los pueblos y culturas del Cem Anáhuac. El simple hecho de mantener una coordinada y rigurosa observación de la mecánica celeste, desde lo que hoy es Nicaragua hasta el Norte de los E.U., requirió registros de decenas de siglos que se mantenían, no solo por los pictogramas, las piedras labradas y la escritura maya, sino fundamentalmente por la oralidad, que implica la conciencia y el compromiso del pueblo y autoridades por mantener su memoria histórica, su legado, su esencia y su raíz. El huehueh nenotzaliazalizamoxtlahcuilolli el antiguo relato de los códices. El nican mihtoa, motenehua aquí se dice, se habla, el topial in tlahtolli el legado nuestro, la palabra.

Eran nuestros abuelos, nuestras abuelas,
nuestros bisabuelos, nuestras bisabuelas,
nuestros tatarabuelos, nuestros antepasados.
Se repitió como un discurso su relato,
nos lo dejaron y vinieron a legarlo,
a quienes ahora vivimos,
a los que salimos de ellos.
Nunca se perderá,
nunca se olvidará
lo que vinieron a hacer,
lo que vinieron a asentar,
su tinta negra, su tinta roja,
su nombre, su historia, su recuerdo.                                                                 
Crónica Mexicayotl.

Existían los amoxtli o códice, por el contenido podían ser: tonalámatl o libro de la cuenta de los días destinos, xiuhámatl libro de los años y los linajes, y especialmente teoámatl o libro a cerca de las cosas divinas, el cuica-ámatl libro de los cantares (filosofía), temic-ámatl o libro de los sueños. El  amoxhua o aquél al que le pertenecen los libros (bibliotecario), también el tlapouhqui o conocedor de los libros, los huehuehtlahtolli o testimonios de la antigua palabra, el huey huehueh amoxtli o libro muy viejo, el altepehuehuehtlahtolli o la antigua palabra del pueblo, ihtolloca su historia, amoxohtoca o seguir el camino del libro.

De este modo, se puede afirmar que somos un pueblo con un gran legado histórico, generador de una civilización endógena y con conciencia histórica, con una innegable capacidad de recordar, sistematizar y preservar. Este conocimiento milenario, que es la sumatoria de la experiencia y sabiduría de todos los pueblos y culturas que en esos 68 siglos crearon la civilización que le dio el más alto grado de desarrollo humano para todos sus habitantes, lo mismo al masehual que al pilli. Conocimientos que iban desde la agricultura, pasando por la organización social y la mecánica celeste, las matemáticas, hasta la sabiduría para trascender, a partir de la conciencia, el plano material de la existencia.

Decir tolteca en el mundo náhuatl posterior (aztecas, texcocanos, tlaxcaltecas…), implicaba en resumen la atribución de toda clase de perfecciones intelectuales y materiales […] El punto que querríamos ver dilucidado es el referente a la más honda raíz de las creaciones culturales del mundo náhuatl significadas en la palabra Toltecáyotl (toltequidad).                                                                                                        

Si dicho concepto implica grandes creaciones arquitectónicas, pirámides y numerosos palacios, pinturas murales, esculturas extraordinarias, una rica y variada cerámica y, sobre todo, el culto antiguo y universal al dios Quetzalcóatl, razonablemente parece difícil dudar de que la raíz de Toltecáyotl se encuentre en la ciudad de los dioses: Teotihuacán.” León Portilla. 1961. pp. 332.

Esta sabiduría se conoce en lengua náhuatl (la lengua franca de todo el Cem Anáhuac) como “Toltecáyotl”. La “pirámide de desarrollo tolteca” es parte de esta sabiduría y posee cinco sistemas. El de alimentación, el de salud, el de educación, el de organización y finalmente, el del desarrollo espiritual.

Sin embargo, alrededor de la mitad del siglo IX, se vivó un gran sisma cultural, un colapso civilizatorio en el que, misteriosamente, los venerables maestros de la Toltecáyotl, partieron en una acción concertada al mismo tiempo en el Cem Anáhuac, abandonando y destruyendo los centros de conocimiento que hoy llamamos “zonas arqueológicas” del periodo Clásico.
La mítica tolteca relata que el conocimiento “envejeció” y se retiró para regresar, -según la profecía-, al final de un ciclo de 52 años o “atado de años”, a restaurar su sabiduría en el Anáhuac. Al quedar sin sus venerables maestros los pueblos y culturas, a través de los siglos, empezaron a degradar la sabiduría y la enseñanza tolteca, como es común en los humanos y las grandes culturas de la humanidad.

Se creó un nuevo tipo de organización social, ya no como la de los antiguos toltecas, sino ahora con una forma diferente de organización política, -como afirma, Alfredo López Austin-, al que se conoce como modelo “zuyuano”, que implica, “el control, por parte de un órgano hegemónico complejo, de las poblaciones de diversas etnias que habitaban una región dada, mediante un sistema que asignaba a cada una de la entidades políticas subordinadas un lugar y una función económico-político.” López Austin, 1999, pp. 41.

De esta manera, la forma de organización comunitaria emanada de la Toltecáyotl, empezó a transformarse o “degradarse” en el periodo Postclásico (850-1521). Se podría decir que “la Toltecáyotl” ancestral se transformó por “la Chichimecáyotl”, especialmente bajo la Triple Alianza o Excan Tlahtoloyan de los mexicas.

En efecto, en este lento cambio llegaron del Norte del continente al Altiplano Central el último pueblo nómada, los mexicas. Los pueblos nahuas les llamaron “chichimecas” o salvajes, “eran el pueblo sin rostro, no sabían tejer algodón, no hablan la lengua náhuatl”. Pero eran gente con una “gran voluntad de poder”, guerreros y hábiles cazadores. Traían a su numen tutelar llamado “Huitzilopochtli” y en un largo peregrinar en el Altiplano Central llegaron finalmente a establecerse en un islote pequeño en 1325 al que llamaron Tenochtitlán.

A partir del siglo XI, tribus nómadas comienzan a llegar al centro de México donde, desde los principios de nuestra era, reinaba una muy alta civilización” L. Séjurné. 1957, pp.25.
Los mexicas se ubicaron como un pueblo tributario y al servicio de diversos Altépetl. Fueron usados en ese tiempo como tropas mercenarias en las luchas por el poder por los de Tlacopan, Texcoco, Azcapotzalco y Culhuacán. En ese tiempo se apropiaron de los vestigios culturales de la sabiduría ancestral y se civilizaron a partir de hacer suya lo que quedaba de la Toltecáyotl. Se emparentaron con familias nobles de los Altépetl del Altiplano y sobre todo, mandaron a estudiar a sus jóvenes pilli o nobles al calmécac de Cholula, donde los preparaban para gobernar los portadores de la “tinta negra, la tinta roja”. El calmécac de Cholula “el santuario de Quetzalcóatl” tenía fama de poseer el legado más “ortodoxo” de la Toltecáyotl en el periodo Postclásico.

Cuando estén (los mexicas) en contacto con otros pueblos, los veremos aplicar con rigor esta filosofía de voluntad de poder. Llegados tardíamente al Valle de México, de inmediato se ponen a luchar por la tierra y la supremacía política con tribus que, por haber adoptado ya costumbres más civilizadas se dejan sorprender por la brutalidad de los recién venidos.” L. Séjurné. 1957, pp.27.

Los mexicas en 1440 comienzan su expansión que durará solo 81 años de “relativo poder”, su ideólogo, el longevo Cihuacóatl Tlacaélel, ordenó las reformas históricas, filosóficas y religiosas que transgredieron el pensamiento y práctica espiritual tolteca y la convirtieron en una ideología materialista, místico, guerrera. La cual funcionó como la justificación de su política imperialista, pero finalmente, la trasgresión del pensamiento de Quetzalcóatl fue el motivo de su posterior derrota al momento de que Hernán Cortés, asumiéndose como el enviado de Quetzalcóatl provocó una guerra civil en contra de los mexicas.

La asimilación rápida, por hombres que ayer todavía en estado salvaje, de un pensamiento, de una ciencia y de medios de expresión altamente elaborados, pone en relieve, una vez más, la extraordinaria fuerza de voluntad que presidió todos los actos de la corta vida de la sociedad azteca.” L. Séjurné. 1957, pp.28.

Los mexicas son uno más, de los muchos pueblos de la cultura nahua que se acento en centro del Anáhuac miles de años antes de la fundación de Tenochtitlán y su lengua es el náhuatl. La cultura nahua tiene diferentes pueblos como los texcocanos, tlaxcaltecas, cholultecas, acolhuas, mazahuas, otomíes, tlahuicas, etc. En la actualidad existen pueblos nahuas en los estados de Puebla, México, Guerrero, Hidalgo, Morelos, Oaxaca, etc. Y aún en países que conforman Centro América. De la misma forma que la cultura maya tiene diferentes pueblos que los une su lengua, como los tojolabales, choles, tzotziles, etc.

Todo lo que se puede decir es que las leyes de perfeccionamiento interior enseñadas por Quetzalcóatl sirven a los aztecas para apoyar una sangrienta razón de Estado: la unión mística con la divinidad, que el individuo no pudo alcanzar más que por grados sucesivos y solamente al cabo de una vida de contemplación y de penitencia, está ahora determinada por la manera en que se muere. Se trata, en verdad, de una práctica de baja hechicería: la transmisión material, al Sol, de la energía humana. La revelación exaltante de la Unidad eterna del espíritu se ha convertido en un principio de antropofagia cósmica. La liberación del yo diferenciado, groseramente tomado al pie de la letra, se realiza por medio del asesinato ritual que fomenta las guerras.

La traición a Quetzalcóatl. Como si fuera una norma para todos despotismos, el de los aztecas no pudo implantarse más que apoderándose de una herencia espiritual que transformó traicionándola, en arma de dominación”. L. Séjurné. 1957, pp.35.

Fue Tlacaélel el que ordenó la requisa y quema de los antiguos amoxtli inspirados en la sabiduría de la Toltecáyotl, ordenado que los más importantes fueran escondidos. Es aquí en dónde comienza la destrucción y tergiversación de “la historia antigua del Anáhuac”.

Después los españoles escribirán la suya, comenzando con “las Cartas de Relación”, que absurdamente se han tomado como “fuentes históricas verídicas”, sabiendo que es la “versión amañada de Cortés”. Los criollos desde el siglo XVIII escriben su historia con Francisco Javier Clavijero. Posteriormente Porfirio Díaz manda a escribir “México a través de los siglos”. La SEP sigue con sus libros de texto y finalmente, la “productora-reproductora de la historia Mundial”, es decir Hollywood, con Mel Gibson y su bodrio “Apocalyipto”. 

Si los conquistadores, misioneros y anahuacas conversos ponen a los pueblos originarios como salvajes, guerreros y caníbales, los criollos posteriormente los pondrán como “los romanos del nuevo mundo”. Ambas apreciaciones están totalmente lejos de la realidad. Son tendenciosas, exageradas y dolosas, escritas para sus fines políticos, económicos y culturales.

Habiendo estudiado así brevemente algunas de las ideas principales de estos seguidores de la poesía, flor y canto, que supieron oponerse al pensamiento militarista de Tlacaélel, parece conveniente recordar el origen último de estas ideas. Tlacaélel se había aprovechado de los textos toltecas, pero interpretándolos a su antojo después de la célebre quema de códices. Se valió de la antigua tradición para crear una mística guerrera capaz de elevar a su pueblo hasta convertirlo en el señor de la región central y sur de la actual República Mexicana.” León Portilla. 1961. pp. 143.

La “historia oficial mexica” de Tlacaélel es parcialmente falsa, porque utiliza la antigua historia y los mitos de origen toltecas, pero “injerta” al pueblo mexica como los protagonistas históricos. Por ejemplo: “el mito de la peregrinación, el mesías nacido de madre virgen”, etc., no pudo suceder con el último pueblo que emigró del Norte. Este mito de origen es tomado de la Toltecáyotl, tal vez, de los antiguos y desconocidos olmecas. Mito que además es de carácter universal.

En realidad, todo lleva a hacer creer que los señores aztecas, criados en la doctrina de Quetzalcóatl que indicaba al hombre el perfeccionamiento interior como una meta suprema, no podían considerar el asesinato ritual más que como una necesidad política. Esto hace que dos corrientes de pensamiento contrarias coexistan en el seno de esta sociedad: de un lado, un misticismo degradado para sostener un ambicioso plan de conquista; del otro, la doctrina de Quetzalcóatl como única base moral. Una contradicción tan profunda debía necesariamente producir graves conflictos, y veremos que su papel fue, en efecto decisivo.” L. Séjurné. 1957, pp.43.
No se trata de menospreciar a la cultura mexica. El punto es conocer la “verdadera historia”, para recuperar nuestro verdadero rostro, nuestro auténtico corazón verdadero, nuestro más grande potencial. Los mexicas, como cultura, jugaron un papel muy importante y es ejemplar el grado de apropiación de la sabiduría tolteca. Se puede apreciar esto en la escultura y la arquitectura. Si observamos las piezas escultóricas de los primeros tiempos de Tenochtitlán, resultan pobres y malas copias de las toltecas. Sin embargo, las obras del último periodo son definitivamente maravillosas y de una hechura, igual o superior a las toltecas.

Lo mismo podemos decir de la arquitectura. México-Tenochtitlán como la ciudad más grande del mundo al inicio del siglo XVI es irrefutable. Los avances en el diseño, los servicios públicos, la calidad de las edificaciones, así como su belleza arquitectónica son únicos y maravillosos. Sin embargo, el punto débil de los mexicas fueron las reformas de Tlacaélel a la Toltecáyotl y la trasgresión al pensamiento y la religión de Quetzalcóatl. Este es el punto.

Mientras en México-Tenochtitlán y en todos sus dominios, se había impuesto, gracias a Tlacaélel, esa visión místico guerrera del mundo que hacía de los aztecas el pueblo elegido del Sol-Huitzilopochtli, en varias de las ciudades vecinas vivían pensadores profundos, cuyas ideas se orientaban por rumbos distintos. De hecho, como vamos a ver, más de una vez esos sabios y poetas, que hablaban también la lengua mexicana o náhuatl, condenaron la actitud guerrera de los aztecas.    Todos serán partícipes de una misma cultura, en buena parte heredada de los toltecas. Formaban, como se ha dicho, el gran mundo náhuatl. Pero dentro de este mundo mantenía una postura distinta. Lo que es más, dentro de la misma capital azteca, como veremos, había también quienes parecían repudiar el misticismo guerrero impuesto por Tlacaélel.” León Portilla. 1961. pp 114.

La “historia oficial” del Estado neocolonial criollo ha distorsionado dolosamente el pasado, especialmente los últimos dos siglos antes de la invasión, poniendo a los mexicas como “los romanos del nuevo mundo”, para exaltar la “heroica conquista” por un puñado de valientes y esforzados españoles, sus “antepasados”.
En efecto, los criollos en su lucha por el poder colonial, crearon una ideología que se sustenta “históricamente”, en que sus antepasados conquistaron “a sangre, valor y fuego, un inmenso y poderoso imperio”. En contraposición con la de los españoles peninsulares, que fueron llegando al Virreinato cómodamente después de la caída de Tenochtitlán y desplazaron a los conquistadores (sus padres y abuelos de los criollos) del poder.

En el Virreinato, primero los conquistadores y después los criollos fueron situados por debajo de los españoles peninsulares en el Sistema de Castas, en donde los más altos puestos en el gobierno, la iglesia, el ejército y el comercio, estaban en manos de “los gachupines”.

Los conquistadores “no eran hombres de fiar para la corona”, porque Hernán Cortés pretendía traicionar a la corona española, como traicionó al gobernador de Cuba, a los inversionistas que financiaron la expedición, a sus aliados anahuacas comenzando con Ixtlilxóchitl, a su esposa a quién estranguló y al mismo Moctezuma, a quien mando asesinar estando encadenado. En efecto, la “historia hispanista” pretende disimular la baja calaña de Cortés, ocultando sus crímenes, traiciones y los planes para crear, -a través de una nueva traición-, “el reino del Anáhuac”.

En los primeros años de la Colonia, Cortés tenía más oro y hombres a su disposición que el propio rey de España. El rey sabía que Cortés pretendía traicionarlo y por ello le envió a su confesor, en misión secreta para que le diera información confiable. De esta manera llegó Fray Juan de Tecto a investigar las acciones de Cortés, pero éste lo mandó asesinar en la fatídica expedición de las Hibueras en 1524 por oponerse a que un plebeyo (Cortés), asesinara a “un rey” (Cuauhtémoc). Por esto y otras fechorías a Cortés la corona le abrió un Juicio de Residencia, sacándolo de América y murió en 1547 en España atendiendo su defensa jurídica, sin lograr crear su reino.

Está historia pesó mucho sobre los compinches de Cortés, su hijo Martín y los hijos de los conquistadores. La abortada traición evidenció los planes de los conquistadores y fue aprovechado por los peninsulares para quitarles el poder al tacharlos como conspiradores y personas a las que no se les podía tener  confianza. 

El mito fantasioso “del poderoso Imperio Azteca”, es un hechizo ideológico de los criollos para “hacer suyo el pasado antiguo de esta tierra”, frente a los gachupines que iban llegado con poder e influencia de la corona.  Los criollos desde el Siglo XVIII, especialmente con Francisco Javier Clavijero, empezaron a conspirar contra los peninsulares, asumiendo que “ellos eran los auténticos dueños de las tierras del Virreinato” y que los gachupines eran advenedizos y oportunistas que venían de España a robar y regresar ricos a “La Madre Patria”.

Producto de esta ideología es que el mismo concepto de “criollo” en el lenguaje del pueblo, significa  “propio u original del lugar”. Hasta la actualidad se usa este concepto para referirse al “maíz criollo” frente al maíz transgénico. Gallina criolla y perro criollo, por ejemplo, en contra de los “productos de castilla”, es decir, de España, como “nuez de castilla y rosa de castilla, etc.” La lucha ya no fue entre anahuaca y español, sino entre criollo y gachupín, el anahuaca y su cultura quedarán excluidos. La ideología criolla desde el siglo XVIII se empezó a apropiar de la pertenencia y originalidad del Anáhuac. De ahí viene el “mito de los poderosos Aztecas”.

“La ideología criolla”, con la que se ha gobernado el país de los criollos y para los criollos, ha mantenido excluido al pueblo con raíz cultural anahuaca en estos dos siglos de neocolonialismo, la figura de “Los Aztecas” es usada solo para “decorar” la historia oficial, dándole un toque condescendiente de una supuesto origen indígena. El discurso del Estado criollo se ve muy claro en el guión museográfico del Museo nacional de Antropología e Historia, en donde la Sala Mexica ocupa el lugar principal y la Sala Tolteca queda a un lado, disminuida y minimizada, para que “los mexicanos” (¿mexicas todos?) no se rencuentren con lo mejor de su pasado.

En este proceso se ha “exaltado” a la cultura mexica de manera eurocéntrica, es decir, se les ponen estereotipos ajenos a la Toltecáyotl. Se les hace “formidables guerreros” y se les da el título de “caballeros águila y caballeros tigre”, cuando no eran guerreros en el sentido del medioevo europeo, entre otras cosas, porque en sus batallas estaba prohibido matar, no existían ordenes de caballería y menos caballos.
 
Un dato revelador que desmiente el sentido “guerrero” de la cultura anahuaca es que, las mismas armas que heredamos de la prehistoria, el arco, la lanza, el escudo, el mazo, etc., después de más de siete milenios de desarrollo humano, la invención del maíz, el cero matemático y la cuenta perfecta del tiempo, jamás inventaron arma alguna, con esas mismas armas de la prehistoria se enfrentó la invasión europea. Es claro que las culturas de la civilización del Anáhuac no fueron militaristas-guerreras, como sí lo son las culturas europeas.

La guerra de los mexicas, nada tenía que ver con la guerra de los europeos. A los tlatoanis se les llama reyes, y no es lo mismo el ejercicio del poder de un rey europeo, que un tlatoani anahuaca que “mandaba obedeciendo” y que podía ser destituido por el Tlatócan, como le sucedió a Moctezuma. Se inventan “princesas” e historias de “caballería”, que falsean y desvirtúan nuestros ancestrales valores y cultura milenaria de carácter espiritual. Se requiere conocer a fondo nuestra cultura Madre, es decir la Toltecáyotl y dejar el discurso del conquistador-colonizador como algo propio. Para acabar con la colonización necesitamos dejar de pensar con las ideas de los colonizadores.

Las personas que pretenden encontrar un necesario y vigoroso origen en la civilización Madre, como decía el Dr. Bonifaz Nuño, “valores de la cultura propia-nuestra”, caen en la trapa del neocolonizador de ideología criolla, al sustentar ese digno, necesario y justo origen, solo en la cultura mexica, que fue “supuestamente derrotada” por el conquistador europeo (otra más de las mentiras colonizadoras).  

Sin denostar y menospreciar a la cultura mexica, se debe situar en el momento histórico que le tocó vivir. Con sus virtudes y grandes logros, pero también con sus errores. No podemos y no debemos quedarnos solo en los mexicas y no tomar en cuenta más de siete milenios de desarrollo humano, sabiduría y creación de nuestros Viejos Abuelos.

De hacerlo así, estamos formando parte de la ideología criolla, porque por un lado, olvidamos y desconocemos la parte más importante de nuestra historia y más elevada de nuestra civilización. Y por otro lado, inexorablemente “fuimos derrotados” por un puñado de españoles, por más valientes guerreros “que nos dicen que fuimos”. Quedarnos en el “folclor del huehue, las plumas de pavorreal  y los valientes guerreros”, es quedar desposeído de lo mejor de nuestra milenaria civilización y por ello neutralizados y sometidos a través de nuestra ignorancia.

Todos los pueblos que conforman la raíz-matriz de la civilización del Cem Anáhuac, desde Nicaragua hasta el Canadá. Sean olmecas, miskitos, tawahkas, mayas, zapotecas, mixtecas, nahuas, otomís, totoncas, purépechas, yaquis, tarahumaras, navajos, apaches, hopis, lakotas, métis o inuit, entre muchos otros, todos somos un solo pueblo una sola profunda raíz. Conformamos una de las seis civilizaciones más antiguas de la humanidad que sigue viva, vibrante y vigente, y quizás, seamos una sola, con los hermanos de la parte Sur del Continente, allá en el Tawantinsuyo.

“El fabuloso y poderoso gran imperio mexica o azteca”, es una fantasía colonizadora que engaña y neutraliza la digna y necesaria búsqueda de nuestra raíz más antigua, profunda y humana, que nos da un rostro propio y un corazón verdadero, frente a la mentira, la injuria y el engaño.

No guerreros ni comerciantes, sí agentes civilizadores, los olmecas cumplieron el destino que ellos mismos se asignaron. Lo cumplieron hasta donde en el espacio fueron capaces, y lo alargaron en el tiempo, construyendo lo que habría de ser el espinazo espiritual de nuestra antigua cultura.

El concepto de lo humano por ellos forjado, dio cimientos al perpetuo optimismo de los hombres que los sucedieron. Los herederos suyos, sean teotihuacanos, zapotecas, mayas, mixtecas, huastecas, totonacas, aztecas, lograron merced al impulso que de ellos recibieron, la inagotable proliferación de felices construcciones culturales cuyos vestigios todavía educan y deslumbran.
Teotihuacán, Tula, Xochicalco, Cacaxtla, El Tajín, Tikal, Palenque, Toniná, Uxmal, Monte Alban, Mitla, Malinalco, Chichén Itza, Tenochtitlán, otras muchas ciudades análogas, dan testimonio de ese optimismo justificado y perdurable.

Injuriosamente, los estudiosos hablan todavía de culturas primitivas, de totemismo, de adoración de la lluvia, de ritos sangrientos, y centran su atención en la guerra florida y los llamados sacrificios humanos de los aztecas, a fin de intentar legitimar el desprecio que les justifica nuestra explotación.  Rubén Bonifaz Nuño. 1992, pp.75.

El mito azteca nos aleja de la Toltecáyotl y debilita el potencial de sabiduría humana de la civilización del Cem Anáhuac. Las mentiras y los despropósitos del “mito mexica-azteca”, nos hunden más en el pantano de la ignorancia de nosotros mismos y nos impide profundizar en los verdaderos valores y principios humanos con los que se cimentó una de las civilizaciones más valiosas e importantes de la humanidad, -la de nuestros Viejos Abuelos-, de la cual todos, culturalmente, formamos parte.